Recuerdo bien ese año, fue cuando
el Manlio abrió las compuertas de la presa para evitar un desborde. Habíamos
tenido buenas temporadas de lluvias y al parecer, algunas colonias corrían
peligro de ser inundadas.
Era domingo, yo trabajaba en una empresa de comida rápida dentro de otra de ventas al mayoreo y como todos
los domingos, tenía el turno de la mañana para terminar a media tarde. Al salir
del trabajo, tome una ruta distinta, en el camino, una suburban color beige con
ladrillo me dio el pase, no acepte pues quería ver la escena, la noticia ya se había
anunciado. Era el, nuestro gober manejando y a su lado su chofer, el siempre
hacia eso, le gustaba manejar.
Me detuve en los barrotes del
puente, viendo hacia el norponiente, mirando el vado seco, con mis tanques aceitosos
y mi morral azul en mano.
En cuestión de minutos, pude percibir el olor, para después ver
como se acercaba con tanta prisa, con tanta furia, llena de energía, llevándose consigo basura. Dándole fin a lo áspero para darle paso a la humedad, a las dudas.
Agua que se dejó correr en ese
año, el 94.
Agua que años más tarde nos haría tanta falta, pues desde ese día,
la presa, nuestra presa, jamás volvió a ser la de antes.